Vivimos en una época deslumbrada por sus propios reflejos de silicio. Las recientes promesas emanadas de los epicentros tecnológicos de Silicon Valley afirman, con una arrogancia que bordea el ridículo filosófico, que nos encontramos en las vísperas de la "singularidad". Nos aseguran que, mediante implantes neuronales e interfaces cerebro-computadora, la humanidad pronto podrá fusionarse con la inteligencia artificial y, en última instancia, "descargar" la conciencia individual en servidores en la nube para alcanzar la inmortalidad cibernética.
Como científica dedicada al estudio del cerebro humano, debo advertir que semejante pretensión no es mala ciencia; es, lisa y llanamente, una pésima filosofía disfrazada de neurobiología. El transhumanismo parte de un error categorial funesto: asume que el ser humano es un algoritmo y que el cerebro es meramente un disco duro de carne. Desde esta visión materialista, los pensamientos, los recuerdos, los actos de amor libre y el dolor de la culpa no serían más que epifenómenos, la fricción química resultante del disparo sincronizado de neuronas.
Sin embargo, la metafísica clásica aristotélico-tomista nos vacuna contra este delirio prometeico. La persona humana es una unidad sustancial de cuerpo y alma espiritual. La inteligencia capaz de abstraer universales y la voluntad libre capaz de tender hacia el bien no residen en el sustrato material. El cerebro es la condición material necesaria para el ejercicio ordinario de nuestras facultades en este mundo, de la misma forma que un piano es necesario para que el pianista interprete la sonata; pero la sinfonía no está atrapada en las teclas.
Creer que al mapear cada sinapsis eléctrica se logra apresar el "yo" es incurrir en el reduccionismo más grosero. El "Problema Duro de la Conciencia" sigue siendo un muro de granito contra el que se estrellan los transhumanistas. Las máquinas computan, procesan y simulan, pero no "experimentan". Carecen de interioridad.
La pretensión de volcar un alma inmortal en un pendrive es el último y más triste intento del inmanentismo por evitar la pregunta por el Juicio Final y por el Creador. Es hora de recuperar el rigor: la técnica médica que repara un cerebro dañado es un noble acto de caridad; pero la ideología que pretende convertir al hombre en una deidad de transistores es la reedición tecnológica de la vieja tentación del Edén. El alma humana no se enchufa ni se descarga; trasciende infinitamente toda la materia del cosmos visible.
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